sábado 12 de noviembre de 2011

Sobre la espera

Hablaba con G. Solamente para volver a la realidad, y dejar de confundirme con lo que los demás creen que es la realidad. Soy inmensamente afortunada de tenerlo.

Hoy escuchaba a una bloguera “consagrada” explicar su gran aportación feminista-trascendental a la humanidad a través de sus post, en una especie de conferencia que impartía dentro de unas jornadas sobre redes sociales y visibilización (lésbica, se sobreentiende). He tenido que salirme de la sala, por respeto a mí misma. Yo de tonterías estoy ya hasta el mismísimo. (No voy a explayarme aquí sobre feministas, blogueras y especies varias. Para el lector interesado, remito al canal de National Geographic, capítulo sobre el egocentrismo y la mediocridad elevados a categoría de arte, y ya que se informen ahí).

Eso me ha hecho recordar que estoy harta de la mentira. De la vida a la mitad, de las medias tintas, del nadar y no mojarse la ropa. De la ceguera. Porque, ¿sabéis una cosa? Cuando pasen muchos años y se os ocurra pensar que tal vez os perdisteis algo, o que desaprovechásteis una oportunidad o incluso a una persona... en realidad os importará ya muy poco, y no seréis conscientes de lo que realmente pasó. Exactamente igual que me ocurre a mí cuando intento recordar mi pasado y las estupideces que cometí. Tengo la suficiente lucidez para estar completamente segura de que fueron estupideces, pero ni siquiera me arrepiento.
Nunca sabré de verdad lo que me perdí. Y ya, sinceramente, no importa. La pérdida es irreparable.

G. es un gran filósofo, que me escucha con paciencia a pesar de haber tenido un día horrible él mismo. Con él pierdo los nervios, confieso cosas mezquinas y horribles; lloro. Caigo lo más abajo que una persona puede caer, y después me alzo de nuevo; puede que a los 5 minutos, con una soberana estupidez que él me dice; o quizás al día siguiente. Pero me acabo levantando. Muestro lo mejor y lo peor de mí misma. Y pienso, muchas veces cuando hablo con él, que la persona que espero, la persona que ni más ni menos deseo a mi lado deberá partir de ahí: de su propia miseria, y al mismo tiempo de su grandeza (porque eso es lo que nos hace personas); de su seguridad absoluta de quererme (lo cual implica no hacer negociaciones, ni ejercer estudiadas frialdades, ni reservarse espacios que no son necesarios; porque los espacios G y yo los tenemos perfectamente delimitados). Ni elegir días alternos para estar presente. G está siempre, y eso espero. Nada más. Nada menos.

Yo espero a esa persona. Ni tendrá barba, ni pelos en la nariz, ni olerá a una mezcla de albahaca y Dirty English (perfume de Juicy Coiture, según dice Google. Lo que tiene una que aprender); pero será así, como él. Se mirará al espejo, y será cierto; y con ese mismo coraje me tomará de la mano. “Yo soy esto”, me dirá. “Y me importa un bledo llorarte, confesarte mi soledad o mi dolor, soltar un comentario fuera de tono y aceptar que me llames la atención, mostrarme inseguro o equivocado. Te voy a llamar siempre para pedirte opinión. Te quiero”.
(Es curioso que nunca les decimos “te quiero”, verbalmente, a las personas a las que más amamos, por cierto).
No sé cuándo será el momento; no me preocupa excesivamente. Espero. Pero no espero menos, en ningún caso.

Alguien me dijo hace poco que ser persona era difícil; que era doloroso, y que pocos individuos pueden arrogarse ese apelativo. El valor de decir y hacer las cosas limpiamente (aunque no sean buenas, ojo), mirándote a la cara... No son las palabras exactas que me dijo, solo estoy parafraseando. Pero venía a decir eso, y me gustó muchísimo.

Hoy me intriga terriblemente saber qué estará pensando esa persona de sus propias palabras. Me intrigan demasiadas cosas esta noche, la verdad; pero llega un punto en el que si no quieren hacerte partícipe de ellas, una se da media vuelta y se dedica a otra cosa, qué coño. Que el mensaje está clarísimo. Y yo ya soy mayor, y ya me conozco esto. Y hacer esperar a una persona es lo peor que se puede hacer con ella (hasta G lo dice); la demostración de crueldad más sofisticada. La injusticia más enorme.

Lo que los demás creen que es la realidad a veces es triste (desde mi punto de vista, obviamente); otras veces injusto. Pero al fin y al cabo es producto del dolor. Al menos esa es mi teoría. No lo disculpo. Mi dolor, que se mide en quintales, no me impide volver una y otra vez a tratar de ser honesta y absolutamente íntegra con quien tengo enfrente. Ofrecer la mitad de mí lo reservo solo para las personas que me caen mal, y para los gilipollas.

Obviamente, estoy equivocada. Sé que siempre lo he estado. Sé que la vida me irá mal (como el culo, más bien). Todo lo sé.


A continuación dejo una foto y unos enlaces muy importantes. La foto es la mano peluda de G sosteniendo la mía. Es un gesto infantil y estúpido, este que hago al publicar la foto; pero a mí me da tranquilidad y me recuerda de dónde vengo. Eso es muy importante.


El primer enlace es una canción de la Consoli que me ha costado mucho elegir. Inicialmente iba a poner una que expresa exactamente lo que alberga mi corazón, o ha albergado, en las últimas semanas. Muy descriptiva. Muy bonita y romántica. A G fue la que menos le gustó en el concierto al que me acompañó, y yo me enfadé y le dije que era un insensible. Y él se descojonaba de la risa (y yo con él). Pero al final, he escogido otra: una versión de una canción tradicional siciliana (y cantada en dialecto siciliano, obviamente), de cuya letra apenas entiendo nada, excepto lo más importante: “Ay, ay, ay, ay, muero muero muero. Es mejor la muerte que este dolor.”
Porque, como he dicho, estoy harta de las medias tintas. Porque es así. Porque de la contención y de la elegancia del no llorar, hoy mismamente, ya me he cansado. Y lloro, y pienso (de nuevo) que de amor no se muere. Pero sí.
Y porque la Consoli también llora cuando la canta, en este concierto absurdo, de los muchos miles que ha dado.
Atención al momento en el que deja de hacer arpegios y comienza a aporrear la guitarra rítmicamente.

El último enlace es la página de un grupo que está naciendo y espero que os guste.






Gatito Feroz: http://es.myspace.com/grupogatitoferoz

5 comentarios:

bea dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Maritornes dijo...

Querida Bea: teniendo en cuenta que te has desapuntado de un curso porque todos los alumnos eran latinoamericanos, no creo que seas la persona más adecuada para hablar sobre valores ni para vanagloriarte del "momento de tu vida" al que has llegado, como si este fuera envidiable. Ya que no se puede comentar en tu blog, agradecería que no comentaras en este.

La chica automática dijo...

Cómo está el patio!! Qué habrá puesto la tal Bea... Yo escucho a la Consoli cantar L'eccezione y me muero vivaaaaa. Ánimos Maritornes! xx

Maritornes dijo...

Pues la tal Bea había puesto esto, que no sé por qué coño ha tenido que borrarlo. Tampoco sé cómo demonios se borran comentarios en blog ajeno:
"no he estado en las jornadas, aunque sabía de su existencia, no me gustan esas cosas, le da demasiada importancia a algo que en realida no lo tiene...

no sé quién es la bloguera que citas, auqnue me la imagino, porque sí eché un vistazo a la "semana mirales o algo así"...

lo aclaro para hacer ver que comento desde la ignorancia más absoluta...

seguramente... lo que decía la bloguera mediocre y egocéntrica era cierto y ha contribuido con sus post a la visibilización y todo eso que seguramente ha dicho (yo lo he oído en foros más íntimos)

sí, lo sé puede parecer raro, mediocre, egocéntrico y sobretodo triste pero no por ello es menos cierto...

algunas hemos llegado a este momento de nuestras vidas siguiendo los pasos de blogueras mediocres y egocéntricas y...

encantadas de la vida, es lo que hay..."
(by Bea)

L'eccezione es lo más de lo más de lo más. Grandísima letra. Besos, automática.

Nebroa dijo...

No hay nada como encontrar al amigo g...
Yo tengo un E!:)