jueves 24 de noviembre de 2011

Puñales

Me pregunto, entre los huecos que me deja el dolor de cabeza y las muchas obligaciones, quién nos educa para pensar que no tenemos el derecho y la obligación de ser felices.

Hoy recordaba en el metro dos versos que leí el otro día: “No hay puñal más sangriento que las hijas de Madrid”. Discutían dos alumnas universitarias sobre una tercera ausente, a la que estaban poniendo a caldo. Una de las interlocutoras era canaria, y la otra, claramente, del sur de Madrid. “Porque me ha mentío. Y punto. Yo ya la he dicho lo que la tenía que decir”. Su voz se alzaba iracunda; después se quebraba. La canaria, con su cachaza, trataba de calmarla. Pero no había manera. “No, tía. Lo ha hecho mazo de veces. Eso es ser una hija de puta”. Sangre en los ojos. O tal vez lágrimas.
Se me clavaron todas, en esa parte de mí que reconoce los puñales como propios, y se solidariza y comprende. No creo que haya mayor maldición en esta vida que no tener sangre en las venas.

Son estupideces que pienso en los transportes públicos cada día. Mezclo versos del XVIII con niñatas consentidas (a las que me encantaría dar clase), con dramas cotidianos estremecedores, con la mala educación del ganado del que formo parte, con el sueño y el cansancio. Espero de verdad que la madrileña no haga caso a la canaria; que no adquiera su calma. Pero también que aprenda, y salga un día de Madrid (con una beca Erasmus, por ejemplo), y abra sus preciosas manos vacías y temblorosas de ira a la experiencia del otro. Que su sangre no se enquiste ni se envenene en la lucha estéril que todos nosotros libramos contra el desamor.

“No hay puñal más sangriento...” que cantar una copla sola. Desear que seas feliz; o más aún: desear que desees ser feliz (porque si tú no quieres, no importa cuánto me empeñe) y no conseguirlo.

Pero hoy pienso muchas tonterías; y me pesan las distancias, y mi propio cuerpo. Tengo miedo de perderme en esta ciudad, y en los silencios; en las horas muertas y los corazones de otras personas que claman sus necesidades. ¿Son justas? No lo sé. Yo también tengo. Necesidades, digo. Y un manojillo de escarcha, a veces, que se me cuela en la sangre. Me digo que en 1000 años que viva no aprenderé nunca lo suficiente sobre la generosidad. Y recordando eso, me acuesto.

Qué frágiles somos cuando nos sentimos mal físicamente.

1 comentarios:

Nebroa dijo...

qué grandes somos cuando... mmm... Es que a veces me siento grande al leerte. Yastá, sólo eso