Damocles tragó saliva. Con la vista aún fija en la punta de la espada, escuchó la risa sorda de Dionisio de Siracusa, que cuatro días después había venido a visitarle. Estaba sinceramente asombrado del aguante del joven arribista, y quería ver con sus propios ojos la patética escena.
—¿Y bien? ¿Qué opinas ahora?
Dionisio seguía mirando fijamente la punta de la espada. Apenas parpadeaba. De sus sienes descendían gotas de sudor que se habían mezclado con las lágrimas. Tragó saliva de nuevo y durante unos segundos pareció que no iba a articular palabra. Finalmente, entre jadeos, muy despacio, contestó a Dionisio:
—Verdaderamente... lo que me fastidia de esto son todas las cosas que tengo que hacer, todas las cosas que podría hacer, mientras pierdo el tiempo contemplando esta espada, que sé que habrá de caer. Tarde o temprano.

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