miércoles 18 de enero de 2012

La dama de Eliot

Recuerdo el cuento de Bucay (odio a Bucay); la princesa, el enamorado... Recuerdo a G. y lo que diría en este instante. Recuerdo tener 18 años, cuando ella lloraba porque había soñado que yo me moriría; en un día de invierno, con la nieve cayendo. Yo enjugaba sus lágrimas. Recuerdo que meses más tarde la abandoné. Recuerdo que prometí ser fuerte, pero solo estoy cansada (ya casi 20 años...).
Tarde. Es tarde, amor. Los días pasan, y la muerte acecha. Ya he vivido la mitad de mi vida, puede que menos. Así que voy a desaparecer, aunque no me tape un manto blanco. Aunque aquí nunca nieve.

Vuelvo a odiar la ciudad que me aparta de lo que fui. Este ir y venir sin tus manos. Esta deshumanización pactada, que ejercemos para no derrumbarnos. Esta especie de sucedáneo de todo, que sabe a lágrimas falsas y a infancias tristes. Este terrible silencio. Tu silencio.

Hoy me preguntaba en el metro qué pasaría si todo me importara: el dolor, la enfermedad, la soledad de los otros... Tu recuerdo. Los meses contigo. Las fotos que nos faltan, este fingir que es cierto que estamos. Si todo me importara (como me importas tú), nada de esto sucedería, y la mitad de las cosas tendrían sentido. Incluso tendrían solución. Pero camino anestesiada, descubro que trabajar también es una droga. Descubro que soy alguien, aunque no esté en tus brazos. Corrijo libros. Me refugio en cosas que en realidad no son importantes; porque si pensamos en lo que es importante, nos volvemos locos.

Desaparezco detrás de la nieve que no existe; en esta ciudad que tampoco existe, pero que lleva tus pasos en la memoria.

Carta de una dama
(Vicente Núñez)

He pensado a menudo en un verso de Eliot;
aquel en que una dama persuasiva y ajada
sirve el té a sus amigos entre efímeras lilas.


Yo la hubiese querido porque, igual que la suya,
mi vida es una inútil e inacabable espera.
Pero he aquí que es tarde, y ella murió hace tiempo,
y de una vieja carta banalmente perfecta
su recuerdo difunde perenne y raro aroma.


«Londres, mil novecientos siete. Querido amigo:
Siempre estuve segura, lo sabes, de que un día...
Mas trata de excusarme si divago; es invierno
y no ignoras cuán poco me ocupo de mí misma.
Te espero. Los enebros han crecido y las tardes
culminan hacia el río y los rojos islotes.
Soy triste y, si no llegas, un tema de suspiros
hundirá al gabinete, de un raso ajedrezado,
en el inmundo estiércol del tedio y la derrota.
Para ti habrá una torre, un jardín afligido
y unas campanas graves húmedas de armonía;
y no habrá té ni libros ni amigos ni advertencias,
pues yo no seré joven ni querré que te vayas...»


Y esta dama de Eliot, tan dúctil y serena,
se habrá desvanecido también entre las lilas,
y el banderín siniestro del suicidio ardería
un instante en la estancia con su opaco alarido.

3 comentarios:

sparkling dijo...

Al final va a ser verdad que este mes de enero es el más triste de todos los de nuestras vidas...

Habrá que estar fuerte. Ánimo. No es tan difícil como parece... :)

Maritornes dijo...

No, no lo es, Sparkling. Está chupado, en realidad. Gracias por pasarte por aquí.

Nebroa dijo...

...
Nada, sólo respiraba contigo