domingo, 8 de julio de 2012

Nocturno

Qué soledad más grande, la de la noche sola, aquí, como ajena a la gente que la usa y a veces camina por ella. Está la noche ahí mirándome, en mi propia soledad. Y nos sentimos las dos extrañas. No comprendemos por qué el mundo no se detiene, por qué siguen sonando bachatas en los coches, gritos en las esquinas, súplicas  y mentiras en la vía pública. Tantas mentiras...

La vida es una rueda que gira (para algunos), y esos aún han de sentirse privilegiados. Al menos no están muertos. Escucho a gente falsa como Judas que me cuenta que está enamorada. Y es verdad que lo está. Lo que una se pregunta es cómo no se da cuenta de que estar enamorado es mentira. Esa forma de estarlo, al menos. Cuando los demás deben enterarse... es mentira. La verdad se guarda con mucho cuidado dentro del corazoncito de una para que no se la roben. Cualquier palabra dicha puede robarse.

Me dan ganas de tenderle la mano a la noche que me escruta. Está cansada, como yo. Se asoma tímida, como un animalejo, a esta ventana. Creo que a ninguna de las dos nos gusta Lavapiés. Nos sentimos más grandes que estos muros, pero ¿a dónde ir?

Somos nóminas miserables que caminan de la mano de sueños muertos antes de nacer. Hay sueños que están en incubadoras, yo los he visto.

Tengo un montón de ganas de ir mañana al teatro. A ese que vale barato, claro. He leído en el periódico que se ha cerrado el Espada de Madera. Me he quedado muerta. Era lo mejor del mundo. Si ibas a ver Yerma te abría la puerta Lorca, y te invitaba a tomar un vino al piso de arriba. A mí me hacía gracia esa criba: solo había vino. Solo verdad. Si ibas a ver La Celestina, te abría la puerta ella misma. Era grande el Espada de Madera.

Qué solas la noche y yo. No camina nadie por la calle. Nadie. En el barrio de mi aldea gala hay esta misma soledad por las noches, entre semana. Me acuerdo que hace unos años un chico cántabro recién mudado a la aldea volvía a su casa puesto de coca hasta las trancas a eso de las 6 de la mañana. Entró en un bar-cafetería junto a la casa de mis padres. Estaba una mujer limpiando el local, que abriría sus puertas una hora más tarde, aproximadamente. La violó y la degolló. Porque sí. De hecho creo que ni llegó a consumar la violación.

Soy capaz de estar meses preguntándome por qué estaba esa mujer y no otra limpiando un bar de una puta ciudad de provincias a las 6 de la mañana. Por qué el único animal que estaba suelto a esa hora vivía en ese barrio. Por qué no acabé yo limpiando bares y siendo asesinada. Por qué alguien se viene desde Colombia para morirse en mi barrio. Por qué no fui yo. Por qué. ¿Qué demonios es el azar? Yo no creo en el azar. Tampoco creo en la democracia. Porque ese chico tiene derecho al voto y yo, perdónenme, protesto. Los políticos tienen el cociente intelectual de las personas que los votan. Ni más ni menos.
Soy capaz de estarme meses pensando en cosas así. Cómo tu vida puede esfumarse, de un plumazo, un día cualquiera. Por qué siempre pensamos que le va a pasar al de enfrente. La colombiana de enfrente, sí. Los cojones.

Yo me iría a un rincón solo mío, con esta noche a cuestas. Me asusta mucho lo frágiles que somos. Pienso en ese gintonic, en el puerto de Palma. Tanto tiempo sin el mar... Son tantas las ganas de verlo que el avión me asusta poco. Invencibles con un gintonic frente al Mediterráneo. Así somos.

No sé por qué me acuesto esta noche pensando que todo me miente. Y pienso que te quiero mucho, pero no se lo digo a nadie.

6 comentarios:

Noris Marcia dijo...

Me ha encantado tu reflexion y has dado un toque de melancolia al tiempo. Excelente!

Triana dijo...

Te lo dije en alguna ocasión,pero me reitero, me fascina tu forma de escribir.Me llevas por tu laberinto de ideas dónde asoman tus preocupaciones, tus sentimientos, que a veces, son tan míos...

Paola Vaggio dijo...

El próximo gin tonic que sea en mar balear. Yo tomé uno antes de ayer y mañana pienso tomarme otro a tu salud, mirando puesta de sol o lo que sea (la soledad tiene souvenires varios) Para que le den por saco a toda la mierda.

PV

Maritornes dijo...

Noris, Triana, os agradezco mucho vuestros comentarios. Los desconocidos a veces compartimos más cosas que los conocidos. Siempre he tenido esa sensación un poc.
Paola, no te agarantizo que me espere a tomar mi próximo gintonic en mar balear (de hecho, ya te digo que cometeré una traición próximamente). Es que aún faltan unos días. Pero cuando por fin esté allí, será como si se tratase del primero. El primer gintonic de la historia de los gintonics. Brindaré por ti mucho. ¿Por qué estaremos donde estamos, pudiendo habitar una isla? Yo siempre me lo pregunto.

B dijo...

Yo nací en una isla en el océano y también me pregunto cómo es que no estoy ahí, luego me acuerdo de que es difícil sobrevivir (cuando todo el lugar pertence a empresas, no a la gente) y por eso me fuí.
Cuando te pones frente al mar en una isla la soledad es enorme, directa y contrariamente proporcional al perímetro de la misma, mientras más pequeña tu isla más enorme se hace, tan grande como el planeta entero y tan poderosa que no me extraña que te guste. También he sentido esa soledad aquí en la ciudad. Para mí hay una gran diferencia, frente al mar no se puede pensar realmente, es eso lo que hace el mar, no te deja pensar, solo fluir en la dirección del agua y/o mirarlo.

Que disfrutes mucho del descanso.

Maritornes dijo...

B, te escribiría muchas cosas. Lamento que hayan comprado tu isla, por ejemplo. Pero si es cierto que frente al mar no se puede pensar, y ese es el motivo por el que lo echamos de menos. Hay una pulsión que nos lleva escapar de todo lo que conocemos. Una sensación de que todo ha de ser más simple. Tan simple como contemplar el mar, y fluir. Mil gracias por pasarte por aquí.